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|    Los secretos del samurai que trabajaba e    |
|    06 Mar 10 22:47:13    |
      XPost: soc.culture.argentina       From: mitiagorda@gomail.com.ar              Historias con nombre y apellido / Osvaldo Raffo       Los secretos del samurai que trabajaba en la morgue       Alejandra Rey              -Robledo, ¿a cuántos mataste?       -Hmmm, qué sé yo. Como a 30.              Osvaldo Raffo no pudo sostenerle la mirada azul y desangelada. Sabía que el       muchacho, de poco más de 20 años, no mentía, pero era escalofriante       escucharlo de su boca, sin un atisbo de arrepentimiento y con esa abyecta       mueca colgada de sus labios gruesos, como si fuera una baba que pretendía       ser una sonrisa.              En el cuarto del servicio médico de la policía de San Martín, en la       provincia de Buenos Aires, la parca parecía estar de fiesta, excitada,       voluptuosa; flotaba muerte en el aire de ese atardecer aciago de abril de       principios de los años 70.              Carlos Eduardo Robledo Puch se reía, tensaba al máximo el hilo invisible y       lábil que va del interrogador al interrogado. Hilo que, sabía, se estaba por       cortar. Entonces, Raffo, que tenía 46 años, era médico de la Unidad Regional       San Martín y creía haberlo visto todo en su carrera como forense, se fue a       su casa. Ya tenía la confesión, pero sentía que el asesino, ese psicópata,       se había llevado para siempre una parte de su alma. Llegó, e hizo lo que más       le gustaba y tranquilizaba: se puso el traje de judoca, levantó el sable con       destreza y comenzó con la rutina del kendo, un arte marcial japonés que       practican los samuráis.              Muchos años después, otra persona le arrancaría más retazos de su alma de       samurái aparentemente inmutable: René Favaloro, la noche del 29 de julio de       2000, cuando debió abrir y revisar su cadáver para dar fe de que,       efectivamente, se había disparado un tiro en el corazón porque ya no quería       vivir. Hizo lo mismo. Salió de la morgue judicial porteña casi llorando, se       subió al remís que lo esperaba, y se fue a su casa para hacer algunas       figuras con uno de los muchos sables japoneses que aún atesora.              No sabía, confiesa ahora, si estaba en sus cabales: al salir de su lugar de       trabajo había visto, entre la lluvia y por la ventanilla empañada del auto,       a una pareja extraña, al Zorro del brazo de María Antonieta, los dos con       antifaces, caminando por la calle. Pocas horas después se enteraría de que       era gente que iba a asistir a una fiesta de disfraces frente a la morgue.              Pero él, luego de haber visto y pesado el cerebro del "Maestro René", de       hurgar en sus vísceras, de verle la cara de asombro y los ojos muertos, de       escuchar contar por quiénes había entrado en el baño donde se disparó, de       saber de la enorme cantidad de cartas que el médico del corazón había       colgado en las paredes para que todos la vieran y no se perdieran, pensó que       la razón lo había abandonado definitivamente y se había ido con la corriente       que arrastraba la lluvia de esa madrugada tan porteña.                     * * *       Osvaldo Raffo nos convida café. Y masitas exquisitas. Miguel Majdalani, uno       de sus amigos más entrañables, discípulo, forense como él y a quien llama       "maestro", lo mira con veneración y lo ayuda en las anécdotas. El fotógrafo       de LA NACION lo contempla, calcula cómo puede retratar al hombre, mientras       esta cronista toma nota de todo, menos de la encubierta congoja del médico,       que aflora un minuto después cuando, sin vergüenza, confiesa: "Siempre me       costó mucho hacer autopsias de chicos, sobre todo cuando vienen violados y       estrangulados; me destroza".              Y comienza a contar. "Nací en Parque de los Patricios en 1930, mi abuelo era       genovés, un tipo muy humilde, y en ese barrio, por entonces, había       mataderos. Mi padre fue matarife; por ahí, yo saqué la vocación de       tanatólogo de ver tantas vacas muertas."              Se ríe, toca el brazo de la cronista, y sigue: "Como era petiso y delgadito,       me volqué a las artes marciales, al judo, y tuve como maestro a Mat Subara.       Yo siempre digo que mi padre me dio la vida y mi maestro Subara me hizo       hombre. Y, en el fondo, creo que ser forense y judoca es lo mismo: hay que       tener honor, ser un bambú, no enfrentar al viento, sino dejarte mecer. Si       encarás al enemigo vas a perder, pero si te mecés, va a llegar el momento       justo para vértelas con el contrincante: eso se llama técnica de       anticipación".              La casa de Raffo es una especie de museo en el que atesora medallas, sables,       armas milenarias nacidas del ingenio campesino de los arrozales del Japón,       que las tenían prohibidas por el invasor. El hombre que descubrió cómo       Carlos Monzón mató a su mujer, Alicia Muñiz, muestra una medalla que el       propio Juan Domingo Perón le entregó cuando salió campeón de judo. También,       la placa que el profesor Emilio Federico Pablo Bonnet, su maestro en la       medicina legal, le entregó cuando Raffo lo cuidó en su convalecencia porque,       como acota: "Nadie descuida a su mentor y yo estuve al lado de él cuando se       enfermó".              "Contale lo de los dos cartoneros?", dice Majdalani, seductor incansable,       caballero y de tranquilizadores ojos celestes.              -¿Lo de Báez y el otro...?              Y empieza a hablar a borbotones este diminuto ninja que realizó cerca de       20.000 autopsias, muchísimas, aunque nunca superará al número uno, Honorio       Piaccentino, que hizo 76.000 necropsias.              "A Alicia Muñiz le faltaba un músculo del cuello cuando le hice la autopsia       y, cuando me di cuenta, dije para mis adentros: «sonaste, Monzón».              -¿Por qué?              -Porque había entrevistado a los dos cartoneros y sabía bien lo que había       pasado.              -¡Pero si sólo declaró Báez!              -Báez no estaba solo. Había otro cartonero con él. Lo que pasa es que, para       hablar, Báez pidió que soltaran a uno de los hijos, que estaba preso, y el       fiscal se dio cuenta de que al pibe le faltaban sólo diez días para salir,       entonces le dijo que sí. El compañero dijo que él también iba a hablar si le       perdonaban un delito que había cometido tiempo atrás y cuando le preguntaron       de qué se trataba, dijo: «Maté a un tipo». Pero era imposible negociar con       un asesino.              -¿Y qué le reveló Báez que fue tan importante?              -Que Monzón le había pegado dos trompadas en el balcón. Que después entró,       volvió a salir, la vio tirada, la levantó por el cuello como a una gallina,       con las dos manos, y la estranguló. Y que cuando se dio cuenta de que la       había matado, miró a derecha e izquierda, y como creyó que no había nadie,       la arrojó al vacío y después se tiró él.              En Mar del Plata le hicieron la primera autopsia y yo tenía que hacer la       segunda, de modo que trasladaron el cadáver a Buenos Aires. Casi te podría       decir que a la altura de Chascomús la ambulancia paró y un médico le       seccionó a Alicia Muñiz el músculo esternocleidomastoideo, que era el que       evidenciaba la compresión manual, prueba inequívoca del estrangulamiento.              [continued in next message]              --- SoupGate-Win32 v1.05        * Origin: you cannot sedate... all the things you hate (1:229/2)    |
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