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|    Violencia con sello de Siberia (1/2)    |
|    06 Mar 10 23:31:07    |
      XPost: soc.culture.argentina       From: mitiagorda@gomail.com.ar              Violencia con sello de Siberia       Unos gozan la vida. Otros la sufren. Los urcas la combaten. A esa oscura       comunidad siberiana pertenece Nikolái Lilin. Kaláshnikov, cárceles y ritos       violentos han marcado una vida en constante huida. Ahora lo cuenta en un       libro, que han aplaudido autores como Roberto Saviano.              "Donde nací, la violencia es una forma de comunicación. Es mala, pero a       veces no tienes otra forma de manifestarte"              En la enigmática Transnistria, los niños urcas comen dulces y usan       Kaláshnikov. Las armas y los puños son parte crucial de su vocabulario.       Allí, en esa tierra de nadie, la muerte es una baza probable, los       deficientes mentales son sagrados, y los abuelos, santos. Fue donde creció,       en medio de una jungla de hormigón derruido, barro y reformatorios en los       que se violaba y vejaba sin límites, Nikolái Lilin.              "Al caer el muro de Berlín se abrió la puerta a una gran organización       criminal. Los europeos no saben lo que han hecho"              Transnistria es un lugar físico en teórica disputa. Moldavia lo da por suyo,       pero a nadie importa mucho en realidad a quién pertenezca. Es independiente       para sus habitantes y un buen caldo de cultivo para tráficos de todo tipo.       Su territorio no tiene dueño fijo: lo mismo que su alma, un cruce de muchos       pueblos con moldavos, judíos, rusos y rumanos incluidos.       Pero con algunos guetos más. Allá, hacia barrios como Bender, fueron a       parar, desde Siberia, los miembros de una comunidad con carácter y orgullo.       Los urcas llegaron un buen día hacia esas llanuras alejados de sus raíces y       sus códigos; arrancados del frío de la tierra y el calor de sus guisos,       deportados por Stalin en los años treinta. Lo hizo para castigarlos y que       otros escarmentaran. Desde entonces, ellos le juraron guerra eterna al       comunismo y sus protectores.              Hoy, su frágil memoria y su severa ley se desvanecen. Pero Nikolái Lilin se       ha rebelado contra eso y muchas cosas más para contar el éxodo y toda una       dura forma de vida ya perdida en un libro: Educación siberiana (Salamandra).       Con 30 años, este joven urca de cráneo transparente y piel tatuada ha vivido       más de siete vidas. Quizá haya muerto otras tantas. Y para no volver a       hacerlo -no sea que la próxima se convierta en la definitiva-, cuelga de la       cintura una pistola con la que se siente protegido ahora por las calles de       Turín, donde ha encontrado su sitio y un éxito en Italia que ha aplaudido el       mismo Roberto Saviano, autor de Gomorra.              Lilin es un tipo duro y dicharachero que afronta con filosofía lo mismo el       aplauso como nuevo autor de éxito que las amenazas de grupos como los       islamistas radicales o los avisos de algunos compatriotas.              Pero impone sus propios límites. No le importa hablar de cómo huele y cómo       se hincha el hígado de un muerto en Chechenia, pero sí de sus tatuajes: "No       se debe responder, pero mucho menos preguntar sobre eso", avisa. Tampoco       cobra un precio fijo por hacerlos. "Lo que la gente me quiera dar. Unos me       regalan un libro; otros, dinero; algunos me devuelven el favor". Es una ley       urca. Cada uno suelta lo que le parece justo.              Se niega a explicar las imágenes que cubren su piel, pero no le importa que       las contemplemos. En su cuerpo y en los dibujos colgados de un estudio en el       que tiene una cama, un armario con fruta y chocolate, un fúsil de aire       comprimido con el que permite tirar a cualquiera y algunas antologías       poéticas, ha plasmado toda una iconografía vital. Sus diseños contienen       santos y vírgenes armados, serpientes y biblias abiertas, mensajes en clave,       crucifijos, herraduras, espinas y colmillos.              Pero no va a hablar de ellos, aunque ahora, con el éxito de su libro en       Europa -se está traduciendo a 14 lenguas en 20 países-, llegan admiradores       de varios lugares para que les tatúe. Es un verdadero honor y también un       problema. "Entre los míos, si alguien te pide que le hagas un tatuaje, no       puedes negarte", comenta. Resulta un símbolo muy fuerte de su identidad: "Si       hay zonas de mi cuerpo sin tatuar, me siento desnudo. Es el lenguaje de       nuestro mundo. A los mayores no se les preguntaba nunca por lo que se habían       dibujado en la piel, pero sabías que si los llevaban, representaban algo       importante, y eso les distinguía".              Lilin siempre fue un superviviente. Cuando nació, un frío mes de febrero       antes de la fecha prevista, le metieron en la incubadora y advirtieron a su       madre que no viviría mucho. Fue el primer disgusto de una sucesión en cadena       que parece haber tomado una tregua ahora con su nueva vida.              No lucía bigote cuando entró en un reformatorio. Como él mismo cuenta en el       libro, a los 13 o 14 años, un chaval siberiano en Transnistria ya tiene       antecedentes penales por robo, homicidio o tentativa de homicidio. Como buen       hijo de una estirpe, ayudaba a sus mayores. Su padre era delincuente y       pasaba a su vez largas temporadas en la cárcel. "Nosotros no somos       criminales, ni mafiosos, ni nada. A mi familia, Stalin la depuró. Mató a       varios miembros y mandó al exilio a otros. Desde entonces, nuestros mayores       decidieron que lucharían contra el comunismo". Matar a soldados soviéticos       era una forma de rebelión. "Por eso nos llamaban terroristas, pero un       terrorista es otra cosa". También robaban bancos: "Era dinero del Estado que       nos reprimía", asegura Lilin.              Muchas veces aplicaban la justicia por su mano. Como cuando un cabrón violó       a su amiga Ksusia, aquella niña rusa pecosa de ojos azules que él sabía       proteger como nadie y que cayó en las garras de un animal. O como la vez en       que, en el reformatorio, una banda de ladrones se cepilló sin descanso a un       joven a quien llamaban Marina. Fue una experiencia demasiado cruel incluso       para la creencia siberiana. Aquella para la que un homosexual sufre un "mal       de carne" que se transmite por la mirada.              En esos casos, y para evitar abusos sobre los débiles y los indefensos,       Lilin cree que la violencia es necesaria. "Yo nací en un lugar en el que la       violencia era una forma de comunicación. Es mala, pero hay veces en las que       no tienes otra forma de manifestarte. No hay otra manera de sobrevivir. En       la guerra creíamos que quien ejerce la violencia contra otro se lleva a la       víctima consigo". Tampoco le gusta que le llamen criminal, pese a que es un       apelativo que él aplica en su libro. "No lo soy, eso es una palabra ofensiva       para los míos. Si la utilizo como expresión en el texto es para explicar que       somos criminales honestos. Yo odio el crimen y odio el dinero. Es lo que ha       acabado con mi gente", comenta.              Pero para él, aquella vida es el pasado. "He vuelto a nacer", asegura.       Aunque, dice, no tiene miedo a la muerte: "Es parte de la vida. Cuando              [continued in next message]              --- SoupGate-Win32 v1.05        * Origin: you cannot sedate... all the things you hate (1:229/2)    |
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