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   RLunfa to All   
   Rosario de la Frontera   
   24 Jun 10 01:39:26   
   
   XPost: soc.culture.argentina, soc.culture.uruguay   
   From: loquemata@eslahumedad.com.ar   
      
   Rosario de la Frontera   
   22/06/10   
      
   Por Silvana Melo   
   (APe).- Hay pequeños pueblos en el norte, en el sur, en el ombligo de un   
   país roído por la desvastación sistemática de décadas. Tierras donde son   
   pocos, donde crecer da la cabeza contra el techo, donde cualquier   
   expectativa fue paralizada por la ausencia del tren, por el éxodo de los   
   audaces, por la defección del Estado, por los límites rígidos de sus   
   culturas, por el verse cada día y conocerse, por el control social   
   religioso, policial y económico. Los sueños de las mayorías dependen de un   
   sueldo del Estado. Atrapados por la disciplina construida. El resto no tiene   
   lugar en el mundo. Sin rutas para partir. Con techo de chapa para frenar el   
   estirón.   
   En Rosario de la Frontera, un pequeño pueblo de Salta, se juega a la muerte.   
   ¿Se juega o se muere? Los pibes crecen, se estiran, se alargan y encuentran,   
   paredes y techos de frontera. Como el nombre del lugar donde nacieron.   
   Dicen que se atan al cuello sogas con seis nudos. Que los seis nudos cuando   
   la soga aprieta deberían desatarse naturalmente. A veces no sucede. Y la   
   muerte está ahí, a un segundo. De la adrenalina a la nada. Del borde al   
   precipicio. Los chicos juegan al límite para quebrar el techo que se impone.   
   Pero la muerte les clava el pico y se los lleva en el intento. Como el   
   águila al cachorro indefenso.   
   La maestra dice que "Los que no se pueden ir de aquí, sufren. Se les crea un   
   resentimiento enorme y te lo largan. Se sienten atrapados y eso les crea una   
   tristeza enorme". En Rosario de la Frontera, antes de la muerte de los   
   chicos que no quisieron respirar más, había una sola psicóloga para atender   
   a todo el pueblo. Los pibes que no pueden irse a estudiar a la ciudad   
   terminan en la reposición de los supermercados o en el mostrador de una   
   tienda. Pero el mercado es escaso. Y el futuro se corta ahí no más, a un   
   metro o dos, en la puerta de la vida cerrada con siete llaves.   
   No hay presupuesto de la Gobernación para los chicos de Rosario de la   
   Frontera, no hay ojos del Estado para los jóvenes del pueblo. Que de pronto   
   se hacen visibles por el título árido de la tragedia. Son visibles cuando   
   matan, cuando roban, cuando consumen, cuando se mueren. Mientras tanto, se   
   los amontona para que respiren apenas, mientras se desanuden por milagro los   
   lazos que el Estado les pone al cuello. El día en que no se desatan las   
   grandes lupas mediáticas y la culpa eventual de los gobernantes los   
   legitiman en los expedientes. Pero ya es tarde.   
   En Rosario de la Frontera hay pequeños futuros recortados al límite. Y hay   
   lujosos chalets de sojeros y las cuatro por cuatro que pasan como suspiros a   
   centímetros del carro del botellero traccionado por caballos. La brecha   
   atroz se abrió del todo, como una herida en la tierra, con el paso del   
   menemismo y la llegada del monocultivo que deposita la tierra en una sola   
   mano.   
   "Podés crear tu propio mundo, pero no esperés que John Lennon, Kennedy o   
   Jesucristo vengan a ayudarte", dice la pintada en la entrada de Villa   
   Gobernador Galvez. Entre octubre de 1993 y enero de 1994 cinco adolescentes   
   se mataron en Gálvez. La politica arrasadora estaba en auge; el 30 % de la   
   ciudad era pobre y el 25 % no tenía trabajo. Sin servicios de salud mental,   
   con paredes y techo rígido para los pibes, algunos de ellos se balearon con   
   armas que sus padres compraron después de los saqueos de 1989.   
   Las Heras en Santa Cruz es viento y petróleo y está a más de 700 kilómetros   
   del Calafate lujoso y del turismo internacional y apenas el 5 % de la   
   población pasó por la universidad. Entre 1998 y 1999 se mataron 22 jóvenes   
   de entre 14 y 32 años. Sin trabajo, sin escuela, reaccionaron contra todo y   
   contra sí mismos. Donde se debió soñar fue violento. Donde debió estar la   
   esperanza se levantó el desencanto.   
   El adolescente no cree que va a morir ni aun cuando se mata. La bala o la   
   soga al cuello son el desafío a la sordera del mundo. La opinión ante los   
   que les mutilan el futuro. El poema atroz que se escribe en la arena de los   
   expedientes.   
   En los bajofondos del conurbano los pibes de entre 15 y 20 piensan que en   
   los próximos cinco años pueden estar muertos. El 35 por ciento se ve fuera   
   de la vida o de los márgenes marcados por la inclusión. Los chicos no han   
   crecido con la rebeldía de transformar: se los duerme a la noche con el   
   cuento de lo inexorable. Es, entonces, sobrevivir como se pueda. Que la   
   catástrofe entre por la nariz. O que la muerte sea la puerta más cercana. La   
   propia o la ajena. La propinada o la elegida.   
   El suicidio es una de las primeras diez causas de muerte en América Latina.   
   Una de las tasas más altas de suicidios adolescentes se escribe en la   
   Argentina.   
   Rosario de la Frontera, Villa Gobernador Galvez, General Las Heras. En el   
   norte, en el sur y en el ombligo de un país. Son tres fotografías lejanas.   
   En la geografía y en el tiempo. Tres imágenes que generan visibilidad   
   brutal. Los chicos no dejan de morirse y de matarse fuera de las   
   instantáneas ocasionales de los medios. Allí están. Dando gritos por alguna   
   hendija del techo que asfixia. Dando gritos, de vez en cuando.   
      
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    * Origin: you cannot sedate... all the things you hate (1:229/2)   

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