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|    06 Feb 13 22:51:29    |
      XPost: soc.culture.argentina       From: rafa@msn.com              El insulto               Por Mario Goloboff *               El insulto muestra, de la manera más despiadada con su propio emisor,       de la manera acaso más patética, la escasez de lenguaje, es decir, de       pensamiento. Es una de las formas más primitivas, menos elaboradas (más       apasionadas, es cierto, pero también más elementales), en la escala       biológica, de expresión de un sentimiento. Quizás solo le sea semejante       el grito.               Y, hay que admitirlo, emana de la parte menos alta, menos inteligente       de nosotros como seres humanos. Puesto que está hecho con lenguaje casi       onomatopéyico, casi visceral, cercano a la interjección, vecino de la       exclamación, confesadamente impotente, reconocidamente pobre. Por eso,       viviendo o circulando en el extranjero, solo puede pronunciarse, para       sentirse que se pronuncia, en lengua materna, porque va unido a lo más       primigenio. A lo que viene de la cuna, de la sangre.               El insulto a una mujer, cualquiera sea, a las mujeres, en el que       además se vincula permanentemente con atributos o cuestiones sexuales,       pone de relieve el carácter profundamente atrasado de una formulación       que se utiliza desde los tiempos bíblicos. (¿No es acaso “hijo de puta”       la vuelta de tuerca de “hijo de la Virgen”, derivado, como los demás,       casi todos de la necesidad de transgredir la interdicción bíblica de       pronunciar el nombre de Dios?) Como enseña el sabio lingüista Emile       Benveniste sobre la blasfemia, “es un proceso de lenguaje; ella       consiste, en cierto modo, en reemplazar el nombre de Dios por su ultraje”.               Aquella débil constitución lingüística permite al emitente o a sus       cómplices decir por ello que el insulto es algo “que salió, que se dejó       escapar” y de lo cual “uno puede arrepentirse, pedir perdón, reconocer       que se le fue la mano...”. (O, más bien, que se le fue la lengua...)               Pero, precisamente ¿en qué se le fue “la mano”? ¿En pensarlo, en       decirlo, en ambas cosas...? No deja de ser enigmático, aunque me inclino       por la primera hipótesis. Debe ser más bien en pensarlo. Porque el       insulto no comunica nada, ninguna circunstancia precisa, ningún hecho,       ninguna consideración. Es la expresión de un pensamiento (si puede       llamársele graciosamente así), de un sentimiento; es la expresión misma;       el insulto es, puramente, expresivo. Por eso también la desconfianza que       infunden los “arrepentimientos”, puesto que ¿cómo puede arrepentirse uno       de pensar?               Comprendo, sí, que estas son cuestiones que solo pueden plantearse los       intelectuales, los “cabezas de huevo” (como llamaban los macarthistas a       sus sospechosos), vamos, pero no los seres de carne y hueso, la gente       del común, los correctos ciudadanos, los hombres de la calle, hasta los       humoristas, claro, que saben muy bien y siempre dónde están parados.               Aunque, vacilo, y hasta me cuestiono y me desdigo: ¿dónde están       parados? ¿Allí donde están hablados...?                      04/02/13 Página|12              --- SoupGate-Win32 v1.05        * Origin: you cannot sedate... all the things you hate (1:229/2)    |
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